Clarin | Fueron ejecutivos exitosos y ahora apoyan gratis a ONG

Por Claudio Savoia

Un grupo de directores y gerentes de las principales empresas del país se unieron para ayudar a las organizaciones civiles a profesionalizar la gestión para que puedan mejorar su impacto social.

 

Llegaron a lo más alto de sus carreras profesionales, ganaron buen dinero y conocieron la tibia caricia del éxito. Aún eran jóvenes, y tenían por delante muchos años dedolce far niente . Pero eligieron empezar de nuevo. Y en esta segunda vida, entregar toda su experiencia y su conocimiento a los demás. Eran ejecutivos de altísimo nivel: presidentes, gerentes y directores financieros, de marketing, recursos humanos, planeamiento, operaciones, logística o consultores senior de las más importantes empresas nacionales y multinacionales. Se habían ido conociendo a lo largo de los años, y todos estaban llegando al fin de su “vida corporativa”.

Y entre ellos, muda, flotaba la misma pregunta: ¿y ahora qué vamos a hacer? La respuesta ya tiene siete años de vida, y se llama Aportes de Gestión para el Tercer Sector.

“Queríamos hacer una tarea social, y nos dimos cuenta de que la experiencia que habíamos acumulado a lo largo de nuestra carrera era una riqueza de la cual adolecía la sociedad civil, y que con nuestra ayuda las organizaciones sociales podrían aumentar su potencia de una manera enorme”, explica Fredy Cameo , uno de los fundadores de Aportes y su actual presidente. Cameo, que fue directivo de varias sociedades de la Organización Techint y de otras firmas en el área siderurgia, elige sus palabras con precisión: “queríamos ayudar a las organizaciones a ser más eficientes y productivas, para que su impacto en la sociedad sea mayor. Ese es nuestro objetivo”.

Amasar la idea les llevó un año de trabajo. Entonces eran ocho personas, que con puntualidad inglesa se reunían todos los miércoles a las 8.30 de la mañana para discutir qué podían hacer. Recibieron la visita de muchos representantes de distintas organizaciones (“fueron muy generosos con nosotros, vinieron a educarnos y nos pusieron corazón”, recuerda David Stilerman , director de Acción Social de Accenture), tomaron cursos en la Universidad de San Andrés para remojarse con los datos, la cultura y los problemas habituales en las organizaciones civiles, y hasta viajaron a Estados Unidos, Chile y España para conocer el funcionamiento de organizaciones parecidas a la que ellos imaginaban. “Así redondeamos nuestro proyecto, que hasta donde sabemos es único en América Latina”, dice Stilerman.

El “primer disparo” –adoptemos la terminología empresaria que utilizan los protagonistas– fue en noviembre de 2005. Convocaron a voluntarios para trabajar en el proyecto de ayuda a ALPI –la histórica Asociación de Lucha contra la Parálisis Infantil–, que estaba en una profunda crisis (ver pág. 45).

“Ahí aparecí yo”, se ríe Federico Elizalde , ex ejecutivo de Citibank. “Ellos tenían que repensar el gobierno de la organización, desde reformular los estatutos hasta analizar estrategias. Pero en medio del trabajo también notamos que debían facilitar los procesos de comunicación entre la comisión directiva y el personal. Después revisamos los planes de acción para los siguientes doce meses. Y cuando se cumplió ese plazo, volvimos a los tres y a los seis meses a ver si lo que había quedado pendiente se había podido hacer. Entonces surgió la necesidad de lanzar un segundo proyecto, para organizar los costos.

Llevó otro año y dos voluntarios, uno dedicado a los procesos y el otro al área administrativo contable.” Miguel Kurlat fue director de sistemas y tecnología informática de varias empresas industriales y de servicios públicos. Ahora hace bailar los ojos antes de clavarlos en su interlocutor: “En las organizaciones de la sociedad civil, la asignación interna de tareas suele ser desordenada; todos corren detrás de la misma pelota y entonces las cosas se hacen, pero con menos impacto del que podrían causar utilizando mejor la misma cantidad de recursos”.

El rodaje del proyecto a través de los años y la obsesión de sus gestores por pulir cada detalle fueron acabando un modelo de gestión. Casi siempre, las organizaciones civiles se acercan a alguno de los miembros de Aportes para pedirles apoyo. Sólo hay algunas exclusiones: las que tengan fines políticos o religiosos y las que trabajan para sus socios, como el Automóvil Club por ejemplo.

Se organizan reuniones para conocerse, ver qué hacen y qué necesitan. Por lo general son varias cosas, y hay que seleccionar una. “Entonces voy yo”, dice Eduardo “Lalo” Eichel, director de proyectos. “Verifico el interés de la organización en hacer el proyecto y el compromiso de su estructura funcional para que se pueda realizar, más allá de la emoción y las ganas que tengan. Después, presento la idea en nuestro comité operativo y digo qué voluntarios podrían ser los mejores para trabajar en ella, según sus capacidades técnicas pero también las personalidades, la experiencia en otros proyectos. Si hay consenso, hablo con ellos y les ofrezco participar. Tienen toda la libertad para responder, hasta que digan que sí. Ahí esperamos que se entreguen con todo. Y lo hacen.” Todos los proyectos tienen un director de contacto en Aportes, que les presentará a las organizaciones –generalmente a través de su presidente o su director ejecutivo– a los dos voluntarios seleccionados. Luego se trazan objetivos, plazos, sistemas de trabajo.

Y después se firma un documento con todo lo acordado. “Esto obliga a las organizaciones a parar a pensar al menos una vez por semana, cuando vamos nosotros. Eso ya las cambia mucho, y ocurre en casi todos los proyectos”, dice Lalo.

Supongamos que varias organizaciones civiles quieren recibir ayuda de los ejecutivos solidarios, ¿cuáles tienen más chances de obtenerlas?

Jorge Iglesias, ex directivo de varias empresas de Techint, repite un mantra: “Las que quieran mejorar en algo. Si no levantan la mano para llamarnos porque quieren cambiar, no vamos. Tampoco decimos qué se debe hacer, así no sirve. Eso lo aprendimos de muchos fracasos anteriores en intentos individuales de llevar la cultura corporativa a las organizaciones civiles”. ¿De dónde salen los voluntarios que desarrollarán cada proyecto? “De nuestras agendas”, sonríe Iglesias. “Buscamos a las personas que mejor encajan con las necesidades de esa organización, los llamamos y les pedimos que donen cuatro horas semanales en el lapso que dure el trabajo. Te aseguro que para estos ejecutivos, cuatro horas es un montón.” Entre todos recuerdan el temor que tenían cuando empezaron a llamar a conocidos del mundo corporativo para pedirles que fueran voluntarios. Pero todos dijeron que sí. “En verdad, a los voluntarios les solucionamos un problema: les ofrecemos un vehículo para que canalicen su talento”, desliza Stilerman. “Además, la experiencia también los transforma a ellos.” Antes de golpear la puerta de la organización a la que asistirán, los voluntarios deben cursar un taller de inducción en el que aprenden sobre el estilo de trabajo en el sector social y, si quieren, otro sobre herramientas de consultoría: “son gente acostumbrada a mandar y a que las cosas se hagan de inmediato.

Acá hay que aprender a escuchar, y entender que las decisiones son horizontales. Es un cambio fenomenal para nosotros” acepta Lalo Eichel. Entre los voluntarios, el 75% ya está retirado del mundo corporativo, o trabaja como freelance.

Con más de cien proyectos sobre sus espaldas, los creadores de Aportes enumeran los pedidos más repetidos entre las organizaciones que asistieron: pulir la visión y los planes estratégicos; mejorar los procesos, roles y funciones en el gobierno de la organización; definir los roles e indicadores de los procesos operativos, administrativos, contables y de recursos humanos; analizar la factibilidad de los negocios sociales y desarrollar los planes de negocio.

También hay consejos que pueden servir para todas: con cierta frecuencia y en forma sistemática tomar distancia del día a día y generar tiempo y espacio para la reflexión que permita tener una perspectiva general; confiar en que las herramientas de gestión los ayudarán; escribir los planes con objetivos y responsables, y hacer un seguimiento de ellos; y dedicar un par de horas semanales a reunir al equipo de conducción para analizar el progreso de las actividades y tomar decisiones.

Los cambios logrados son profundos, y se hacen con poco: Aportes tiene sólo tres empleados.

Para pagar sus sueldos y unos pocos gastos más, reciben donaciones y también meten la mano en sus propios bolsillos y en los de los voluntarios. “Necesitamos unos 500.000 pesos por año. Y la mitad lo cubrimos nosotros”, dicen.

“Las transformaciones las hace la organización.

Nosotros somos catalizadores, intentamos ayudar a afinar el instrumento que ellos tienen, para que funcione mejor. Aprendimos que no es fácil, pero se puede. No le quitamos nada a nadie: usamos talentos disponibles y hacemos un puente para que no se desperdicien”, reflexiona Stilerman. Y Kurlat redondea: “creamos valor de la nada”.